Aquel verano empezó a ocurrir otro fenómeno: me quedaba dormido en cualquier momento, en cualquier parte.
Creí que era un secreto mío hasta que escuché que mi madre se lo comentaba a mi padre con preocupación. Mi padre dijo que necesitaba vitaminas y eso fue todo. Pero yo no necesitaba vitaminas. Al contrario, fuera lo que fuera la causa de aquella debilidad, lejos de eliminarla convenía aumentarla, pues el sueño se había convertido en una experiencia fabulosa. Me quedaba dormido en cualquier parte, lo acabé aceptando como una facultad especial, como un don. De hecho, aunque fingía tragarme las vitaminas que me daban con el desayuno, las arrojaba por el retrete para que no me quitaran el sueño. Y empecé a dormir a escondidas, como los chicos mayores fumaban a escondidas para no despertar preocupación en mi familia.
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